¡Mis padres cumplen 50 años de matrinomio este próximo jueves 4 de enero de 2007! Cincuenta años, me parece increible. Cómo remontarse a ese lejano mes de enero del año 1957. Santiago era tan distinto de lo que es hoy. Me lo imagino en blanco y negro. Si había tiempo de almorzar en casa y dormir una siesta antes de volver al trabajo. Otro mundo, otras necesidades, otras urgencias, el mismo amor. Cincuenta años de amor, de tenerse el uno al otro, de compartir tantas cosas, de escucharse, de discutir y enojarse algunas veces, muchas veces quizás, de apoyarse siempre, de luchar, de vernos crecer a nosotros, sus seis hijos, de acogernos en nuestros fracasos y de celebrar nuestros triunfos, de ver crecer a sus 12 nietos, en fin, observadores privilegiados de su familia, de nuestras familias.
Hacer una semblanza de ellos, que les haga justicia, me parece muy pretencioso, sólo quiero contar algo, decir algunas cosas de ellos, con el propósito de compartir con todos mi alegria de tenerlos conmigo, hacer ver el orgullo que siento como hijo de tener dos padres maravillosos, únicos, y poder agradecerles por lo que soy, por su ejemplo, por su entrega, en síntesis, por su amor. Cuando se tiene hijos uno comprende más cabalmente a sus padres, entiende tantas cosas, siente tantas cosas, algunas tan simples y banales cómo saber ahora por qué a mi madre la gustaba tanto la rabadilla del pollo y no otra presa -que peleábamos nosotros- como los trutros o la pe
chuga. Gabriel, que este año cumple 80, es un hombre muy especial. De una inteligencia superior, gran claridad conceptual, memoria prodigiosa, amplísima cultura, cualidades que habría querido heredar. Colocolino acérrimo, fanático de los deportes (practicaba atletismo en su juventud, hasta que fue atacado por la tuberculosis), trabajador incansable. Amante de la lectura, al igual que mi madre. Su biblioteca tiene más de 3.500 volúmenes. Extraordinario ajedrecista, con gran talento para ese deporte ciencia, representó muchas veces al país en competencias internacionales, pero no pudo dedicarse más pues las redes del amor lo capturaron. Siempre recuerdo cuando invitaba a sus compañeros y amigos de oficina a jugar en nuestra casa, por allá en los primeros años de la década del '70. Me quedaba mucho rato mirando como jugaba ajedrez, tratando de entender ese enigmático juego que tan feliz lo hacía. Sin duda en esos momentos nació mi amor por este juego. De carácter fuerte, algo tímido e introvertido, con las dificultades típicas de su generación y género para expresar sus sentimientos, lo que, sin embargo, no le impedía demostrarnos su cariño, muy buen padre aunque para conseguir algo siempre recurríamos a la intervención de nuestra madre. Cariñoso y acogedor, buen conversador cuando está a gusto, cultiva una apariencia de seriedad que sabe matizar con humor.
De Anita, pronta a cumplir 75 años, baste decir que se merece el cielo. Admirable mujer, como ya no las hay. Sacar adelante seis chiquillos, todos muy seguidos (nacimos uno tras otro, en un lapso de sólo 8 años), siempre trabajando -y doble o triplemente, pues en esas épocas el hombre no participaba como hoy en las labores del hogar- es simplemente increible. Hoy no podemos con un
hijo, y digo podemos pues ayudamos a nuestras mujeres en todas las tareas de la casa, mudas incluidas. Recuerdo además que me contaba que no la dejaba dormir pues comía cada dos horas, todas las noches. Si era para matarme. Una madre ejemplar, preocupada, siempre presente. Alegre, trabajadora incansable, justa, noble, desinteresada. Formó los jardines infantiles en el SII y trabajó en Bienestar durante los años de la UP. Intuitiva y de gran inteligencia para reconocer nuestros problemas y ayudarnos. No olvido cuando me enseñó que no había que preocuparse mucho por los problemas, pues o tenían solución y por lo tanto se solucionaban solos o no la tenían, por lo que no se sacaba nada con preocuparse.
No paraba nunca. Los sábados en vez de descansar, nos agarraba a todos y partíamos a la casa de mis abuelitos, sus padres, donde nos reuníamos con nuestros primos y jugábamos todo el día, hasta un poco antes de las 9 de la noche, hora que no podíamos pasar para no pagar tarifa nocturna en la locomoción colectiva de esa época (hablo de los años '70).
Mis padres se conocieron en el trabajo, en el Servicio de Impuestos Internos, donde entraron unos años antes. No pertenecían al mismo departamento pero el destino los juntó. Pololearon menos de un año hasta que un día mi madre le dijo a mi padre "que no se le ocurriera pedirle que se casen, pues aceptaría", y así fue. Y por el Civil, como corresponde a dos personas ligadas al Derecho (mi padre es Abogado y mi madre alcanzó a llegar a 5º año por culpa de sus continuos embarazos), aunque con gran escándalo familiar. Muchos meses después, creo, se casaron por la Iglesia, un trámite para dejar tranquila a las dos familias, de fuertes sentimientos católicos.
Se me vienen innumerables recuerdos a la mente. Tantas emociones vividas en estas décadas. Los matrimonios, los nacimientos de los nietos, los bautizos, las graduaciones, los cumpleaños; todos eventos que dejaron huella, que nos juntaron para celebrar, pues ante todo esta es una familia muy especial, muy unida, un hermoso fruto de 50 años de amor. ¡Muchas felicidades!