
Quién en nuestro país no ha leído "Palomita Blanca", sin duda su obra más conocida, llevada hace poco al cine por Raúl Ruiz. O tantos otros títulos conocidos, como "Cristianas viejas y limpias", bien entretenida por lo demás, o "Mano bendita". De seguro que Lafourcade no llena el gusto de muchos, pero de que es un personaje no se puede negar.
Su recordada participación en el programa televisivo "Cuánto vale el Show" o sus columnas dominicales en el cuerpo de Reportajes de El Mercurio, más sus críticas varias a la Teletón o a los ganadores de los premios nacionales de literatura lo han mantenido vigente -junto a su obra por supuesto- por sus buenas décadas.
Ahora, yendo a la novela, debería decir que no me gustó mucho, aunque para entenderla mejor habría que incluir en ella una breve introducción para advertir al lector que el autor no ha perdido el juicio y que la novela está salpicada de guiños biográficos.
Nos relata, en un estilo delirante (según el propio autor, tal como el de "Alicia en el país de las maravillas", la inmortal obra de Lewis Carroll) las aventuras de Dominique, de 4 años, y su abuelo, que debían encontrarse en París y por esas cosas del destino no lo hacen. Dominique, cual Alicia, vuela llevada por el viento hasta la Torre Eiffel y habla con cuanto ser vivo se le cruza. Mención especial merecen los gatos (tema recurrente en Lafourcade: cuántas columnas dominicales dedicadas a ellos), que organizan justo esa noche un gran baile en la Torre.
Resulta, claro está, luego de leer una entrevista al autor, que Dominique es realmente su nieta, que conoce a los 4 años; el abuelo es por supuesto Lafourcade, los delirios y fantasmas se los adjudicamos entonces al propio Lafourcade; los homenajes a Breton, Arenas y Teiller; los innumerables rincones parisinos, son todos recuerdos e historias del propio autor y claramente sería mejor leer la novela conociendo estos detalles para poder asimilarla mejor.
Ha sido de las pocas novelas que he estado a punto de no terminar de leer, pero me intrigó saber cómo la iba a concluir. No quedé feliz. Por cierto que he leído cosas mejores de Lafourcade. Aunque a su nieta (que lo llamaba abuelo-gato) sí le gustó.