Antes de dar algunas impresiones sobre esa mágica noche quisiera agradecer muy especialmente a sus gestores: Diego, Lizeth y José Manuel (quien nos acompañó sólo hasta 2º Medio pues ingresó a la Escuela Militar donde ha tenido una destacada carrera): Se pasaron estos cabros, hicieron posible que los sueños de muchos se hicieran realidad; reunirnos a la gran mayoría de ex alumnos del 4º A, algunos de los cuales no nos veíamos desde la estación Mapocho -cuando nos bajamos del tren que nos trajo de vuelta del mítico viaje de fin de curso a Viña del Mar- fue una proeza, un gran esfuerzo que sin duda valió la pena y que todos valoramos y agradecemos.
Ahora a lo nuestro. A pesar de haber estado con una gripe fuertísima, casi sin voz, en un estado francamente lamentable (y así también me veía), a eso de las 20 horas de ese día emprendí el camino que me llevó a reencontrarme con parte de mi historia (sin duda una de las más bellas); pasé a buscar a Norberto -compañero de banco en nuestros años de liceanos- y enfilamos hacia lo alto de la ciudad con nuestros corazones anhelantes, hasta que por fin, cerca de las 21 horas ingresamos al bello Salón Colonial del Clu
b de Campo del Ejército en Peñalolén, donde ya había al menos diez compañeros, comenzando una seguidilla interminables de emocionados abrazos.
Al poco rato ya estábamos todos, los mismos de ayer, la misma alegria e inocencia de esa época trasladada al presente. Algunos kilos de más -varios más bien- y evidencias claras de alopecia, nosotros; estupendas, con gran prestancia y aplomo, ellas; las risas y recuerdos afloraban por doquier; cada cual atesoraba un recuerdo especial con algún compañero o compañera; las afinidades de esa época se hacían patentes hoy igual que ayer y sólo quedaba reconocerse en los ojos de cariño de todos. Recordar a los ausentes, saber de los infructuosos esfuerzos por encontrarlos y las promesas de sí hacerlo para un próximo encuento, que de seguro no aguardará por otros 25 años.
La noche transcurrió demasiado aprisa; los aperitivos se repetían entre abrazo y abrazo y las ganas de saber de todos nos carcomían. En realidad nadie había cambiado, todos seguíamos iguales, los palomillas de siempre hacían de las suyas: Norberto, José, Felipe, Elvis, Alex, Sergio, haciéndonos reir; en cada rincón del salón se formaba un pequeño grupo intentando ponerse al día: Gustavo, Marcelo, Gabriel, Patricio, Miguel, recordando anécdotas de las clases. Otros haciendo recuerdos de los paseos -circulaban varias fotos de casi treinta años atrás- donde se podía observar a Diego, Exequiel, Claudio y varios más y por supuesto las chicas, que alegremente se contaban -con la gracia que sólo ellas tienen- toda la vida.
El recuerdo que guardaba de mis queridas compañeras estaba sin duda influenciado por dos grandes elementos: por un lado, la época, fines de los setenta y principios de los ochenta, juventud bastante más tranquila e inocente que ahora, y por el otro, mi carácter, introvertido, de tal modo que en mi memoria seguían siendo las tiernas niñas de siempre. Hoy son todas, sin excepción, grandes mujeres, con mayúsculas, seguras, inteligentes, alegres, estupendas. Desde aquí otro abrazo para Bernardita, las dos Ximenas, Mónica, Pili, Lily, Nely, Lizeth, Verónica y Carmen Gloria.
Luego de la cena, los organizadores nos tenían preparadas varias sorpresas: una simpática presentación con fotos de la época (paseos, graduación, fiestas, etc.) en donde aparecieron hasta mi madre y mi hermano menor, y unos entretenidos montajes fotográficos preparados por Gustavo, con mucho ingenio y gran creatividad, que me llevaron a recordar las caricaturas extraordinarias que hiciera de nuestro equipo de baby fútbol, allá por el año '81, del cual formaba parte.
A ésta le siguió una entrega de regalos (cortesía de José Manuel, gracias otra vez) y unas breves palabras de todos los presentes, tratando de condensar en un par de minutos los 25 años que estuvimos separados. Como se imaginarán, las bromas, risas y piropos no se hicieron esperar convirtiendo esta iniciativa en una de las más entretenidas, considerando además que todos teníamos ya algunas copas en el cuerpo, por lo que era de esperarse tal explosión de bromas, afectuosas por lo demás.
Las interminables despedidas, los abrazos eternos y reiterativos, los brindis de última hora y las promesas de reencontrarnos pronto pusieron el broche de oro a esta mágica jornada, tan largamente esperada.